17 octubre - 28 marzo 2027
Cerca de sesenta obras recorren más de cincuenta años de investigación artística de Renato Guttuso, entre raíces sicilianas, realismo, compromiso civil, retratos, naturalezas muertas y representación del cuerpo. El recorrido expositivo entre Sicilia, memoria y compromiso civil.
Museo Histórico de la Infantería – P.za di S. Croce in Gerusalemme, 9
La pintura de Renato Guttuso atraviesa gran parte del siglo XX italiano manteniendo una firme confianza en la fuerza de la imagen figurativa. La exposición “Renato Guttuso. Alma Mediterránea” propone una lectura de su obra construida en torno a las raíces sicilianas, la memoria, la materia y la dimensión civil del arte. Cerca de sesenta obras, entre óleos, dibujos y grabados, recorren un arco cronológico que va desde los años treinta hasta los ochenta, reuniendo trabajos procedentes de colecciones públicas, entre ellas la del MART de Rovereto, y de importantes colecciones privadas.
Comisariada por Vittorio Sgarbi junto con Marina Giordano, la exposición evita una organización estrictamente cronológica para estructurarse en torno a núcleos temáticos capaces de relacionar al Guttuso público con el más íntimo, la historia colectiva con los afectos, Sicilia con Roma, la observación de la realidad con la memoria de la gran pintura europea.
Nacido en Bagheria en 1911, Guttuso desarrolló desde su juventud un lenguaje en el que el conocimiento de las vanguardias europeas nunca supuso el abandono de la realidad visible. Su relación con el Mediterráneo no se limita simplemente a su pertenencia geográfica a Sicilia: remite a una forma de percepción en la que la luz, el color, los cuerpos, la vegetación, el trabajo y la materia adquieren una presencia física particularmente intensa.
En su pintura, los objetos casi nunca son neutrales. Una fruta abierta, una cesta, una planta, una figura recostada, un pescador o las mercancías dispuestas sobre un puesto se convierten en elementos de una realidad sometida a una intensa tensión expresiva. Guttuso acentúa los contrastes cromáticos, fuerza en ocasiones los contornos y comprime el espacio, construyendo imágenes que mantienen la reconocibilidad de las cosas sin limitarse a describirlas.
Sicilia siguió siendo una de las matrices fundamentales de su imaginación incluso durante las largas décadas transcurridas lejos de la isla. Bagheria, Palermo, los mercados, el mar, los pescadores, el trabajo agrícola, la vegetación abrasada por el sol y la energía del paisaje mediterráneo no constituyen un repertorio pintoresco, sino un depósito de experiencias sobre el que el artista continuó trabajando a lo largo de toda su trayectoria.
El paisaje siciliano puede adquirir en su obra una dimensión casi telúrica. La luz no suaviza las formas, sino que a menudo las expone con mayor intensidad; la tierra, la piedra, el mar y la vegetación participan de una misma tensión cromática. Incluso cuando la imagen nace de un recuerdo, Guttuso evita la nostalgia idealizadora: la memoria se transforma en construcción pictórica.
Es sobre todo a través del color como esta pertenencia mediterránea adquiere consistencia. Rojos, verdes, amarillos, negros y azules no se emplean únicamente para describir la realidad natural, sino que se convierten en instrumentos de organización del espacio. El color define las relaciones entre los objetos, establece jerarquías visuales y hace tangible la temperatura de las cosas.
Desde este punto de vista, el Mediterráneo de Guttuso es ante todo una experiencia de los sentidos: el calor de la luz, la densidad de la fruta, la carne, el pescado, las hojas, los tejidos y los cuerpos son restituidos mediante una pintura que insiste en la materialidad del mundo.
La formación de Guttuso se sitúa en el inquieto clima de la cultura italiana entre los años treinta y cuarenta. El contacto con los artistas reunidos en torno a Corrente (un influyente movimiento artístico y literario italiano activo en Milán entre 1938 y 1940) y el interés por el Expresionismo europeo contribuyeron a reforzar su oposición a la retórica oficial y a una concepción puramente celebrativa de la pintura. Obras como Crucifixión, de 1941, manifiestan ya la voluntad de transformar el lenguaje figurativo en un instrumento de reflexión moral y civil.
El diálogo con Picasso y con el cubismo le ofreció posteriormente nuevas posibilidades para la construcción de la figura y del espacio. Sin embargo, Guttuso nunca adoptó la descomposición cubista como un ejercicio autónomo: la utilizó para hacer más incisiva la narración de la realidad, manteniendo en el centro la relación con la figura humana y con la experiencia histórica. En la posguerra se convirtió, de hecho, en una de las principales figuras del debate sobre el realismo, participando en el Fronte Nuovo delle Arti y desarrollando una pintura profundamente atenta al trabajo, a los conflictos sociales y a la condición de las clases populares.
Para Guttuso, el artista no vive al margen de la historia. La elección figurativa responde también a la necesidad de mantener legible la relación entre la imagen y el mundo. Campesinos, obreros, pescadores, manifestaciones y luchas colectivas entran así en su producción no como simples documentos, sino mediante una construcción formal que busca una dimensión más amplia y coral.
Esta tensión explica por qué su realismo no puede reducirse a una reproducción naturalista. La realidad es interpretada, deformada y recompuesta. La lección del Expresionismo, de Picasso y de la pintura europea moderna sigue activa incluso en las obras más explícitamente vinculadas a la sociedad contemporánea.
El proyecto expositivo se articula en cinco secciones temáticas: Rostros, Sicilia, Naturaleza viva, naturalezas muertas, Artista y sociedad y Lo femenino. El recorrido renuncia a una secuencia rígidamente cronológica para poner en relación obras pertenecientes a distintas etapas de la trayectoria de Renato Guttuso, destacando la continuidad de determinados temas y la evolución de su lenguaje.
Pinturas, dibujos, obras sobre papel y grabados permiten observar de cerca el método del artista y el papel central del trazo en la construcción de la figura y del espacio. La obra gráfica adquiere así un valor autónomo y, al mismo tiempo, permite comprender cómo Guttuso elabora y transforma un mismo motivo mediante técnicas diferentes.
Las distintas secciones presentan los principales ámbitos de su investigación: el retrato, el vínculo con Sicilia, la naturaleza muerta, la representación de la sociedad y el cuerpo femenino. De este modo emerge una visión amplia de su producción, capaz de reunir experiencia personal, observación de la realidad y atención a la historia contemporánea.
La sección dedicada a los Rostros reúne retratos y autorretratos realizados a partir de finales de la década de 1930. Amigos, intelectuales, personas cercanas al artista y protagonistas de su entorno cultural se convierten en una ocasión para medir la distancia entre semejanza física e interpretación pictórica.
Guttuso no concibe, de hecho, el retrato como un registro neutral de los rasgos. El rostro se somete a una transformación capaz de sugerir carácter, tensión emotiva y dimensión humana del modelo. El realismo convive así con deformaciones expresivas, variaciones de la línea y acentuaciones cromáticas que impiden que la figura se reduzca a una mera semejanza reconocible.
Especial relevancia adquiere la presencia de obras vinculadas a Mimì “Mimise” Dotti, esposa del artista y figura central de su vida privada. ElRetrato de Mimise con el sombrero rojo (1940) introduce una dimensión más íntima de la producción de Guttuso, en la que la intensidad cromática no nace de la voluntad de representar un acontecimiento público, sino de la cercanía afectiva con el sujeto. La exposición permite así situar junto al pintor del compromiso civil a un autor capaz de observar las relaciones personales con la misma concentración.
El núcleo dedicado a Sicilia constituye uno de los momentos decisivos del recorrido. Paisajes, figuras, pescadores, imágenes del trabajo y recuerdos de los centros habitados restituyen un territorio que, en la obra de Guttuso, adquiere al mismo tiempo un valor biográfico y simbólico.
El mar y el sol conviven con la lava, la vegetación abrasada por la luz, los tejados de las ciudades y la vitalidad de los mercados populares. Sicilia no se presenta como una región inmóvil, separada de la historia: en las imágenes del trabajo y en los temas sociales, el paisaje se convierte también en escenario de relaciones humanas, fatigas y conflictos.
Especialmente significativo es el Estudio para La Vucciria, una acuarela sobre papel entelado de 1974, acompañada en el recorrido por una posterior versión litográfica. El tema remite a uno de los núcleos más célebres de la producción de Guttuso: el mercado de Palermo se transforma en una concentración casi vertiginosa de mercancías, cuerpos y colores.
La fuerza de estas imágenes no deriva únicamente de la riqueza cromática. El espacio del mercado anula casi toda distancia contemplativa: frutas, verduras, carnes, pescados, cajas y presencias humanas avanzan hacia el espectador. La pintura convierte la visión en una experiencia física, poniendo en relación abundancia y caducidad, atracción sensorial y conciencia de la materia.
La sección más amplia de la exposición está dedicada a Naturaleza viva, naturalezas muertas. La aparente contradicción contenida en el título define con precisión uno de los aspectos más reconocibles de Guttuso: la capacidad de otorgar a los objetos una presencia tan intensa que llega a anular la oposición tradicional entre naturaleza viva y naturaleza muerta.
Interiores y exteriores, plantas, frutos y objetos cotidianos se construyen mediante relaciones cromáticas muy marcadas. Las cosas parecen participar de la misma energía que las figuras humanas. La composición no las dispone pasivamente ante el espectador, sino que las somete a tensión: los objetos ocupan el espacio, se contraponen y generan ritmos.
Ya en las etapas centrales de su carrera, Guttuso había transformado la naturaleza muerta en algo más complejo que un simple ejercicio de observación. Los objetos pueden sugerir un ambiente social, una estación, un gesto apenas realizado o una presencia humana temporalmente ausente. La naturaleza muerta adquiere así un carácter narrativo, sin renunciar por ello a la autonomía de la pintura.
También las vistas urbanas participan de esta concepción. Edificios, calles, ventanas y objetos no constituyen simplemente un fondo, sino que conservan las huellas de lo vivido. La realidad se convierte en una superficie en la que la experiencia personal y la memoria colectiva tienden continuamente a superponerse.
En la sección Artista y sociedad emerge con mayor claridad la dimensión pública de la pintura de Guttuso. El trabajo, la fatiga, las relaciones sociales y los conflictos del siglo XX son temas que acompañan al artista durante décadas. La referencia a la realidad siciliana adquiere aquí una importancia particular, sobre todo cuando la representación del paisaje se entrelaza con la de campesinos y trabajadores.
El realismo social de Guttuso mantiene, sin embargo, una complejidad formal que impide interpretarlo como una simple ilustración ideológica. Las figuras se construyen a menudo mediante aristas de ascendencia poscubista; el color acentúa los contrastes; la composición tiende a concentrar la acción en superficies densas y compactas.
Junto a las imágenes más directamente vinculadas con los problemas sociales, el recorrido incluye obras en las que la tensión narrativa se aligera. Los Futbolistas (1965), procedentes de la Fondazione Sicilia, dan testimonio de esta capacidad para observar también la dimensión cotidiana y colectiva del gesto deportivo. El movimiento de los cuerpos permite al pintor mantener central la figura humana sin cargarla necesariamente de un significado dramático.
Otras obras, como La noche de Gibellina (1970), devuelven en cambio la mirada a la memoria de una Sicilia marcada por la historia y por las transformaciones del territorio, mostrando cómo la isla sigue siendo para el artista un lugar en el que la experiencia personal y la conciencia colectiva continúan entrecruzándose.
La última sección aborda un motivo constante de la producción de Guttuso: la figura femenina. El cuerpo de la mujer se representa a través de registros diferentes, pasando del retrato al desnudo, de la cercanía afectiva a la tensión erótica. La corporeidad no se idealiza según un único modelo de belleza, sino que puede manifestarse mediante formas irregulares, poses complejas y una fisicidad expresada de manera abierta.
Este núcleo pone de manifiesto también la relación de Guttuso con la historia del arte. La exposición propone comparaciones con autores como Ingres y George Grosz, mientras que, en el conjunto de su producción, el pintor mantuvo un diálogo continuo con Picasso, Van Gogh y numerosos otros maestros. No se trata de citas eruditas introducidas como elementos accesorios: la obra del pasado se convierte en material activo, sometido a reinterpretación y reconducido a las inquietudes del presente.
Uno de los aspectos que confieren especial interés a la exposición es la posibilidad de considerar conjuntamente los dos polos geográficos esenciales de la biografía de Guttuso. Si Sicilia representa el origen, la memoria y el repertorio sensorial al que el pintor regresará constantemente, Roma se convierte en el lugar de su maduración cultural, de sus relaciones intelectuales y de su actividad pública.
Guttuso se estableció en la capital en 1937 y permaneció allí, con algunas interrupciones, hasta su muerte en 1987. Es en Roma donde su experiencia pictórica se entrelaza de manera cada vez más estrecha con la historia cultural y política italiana. La ciudad le ofrece el diálogo con artistas, escritores e intelectuales, pero sobre todo se convierte en el espacio en el que su concepción de la pintura se confronta con las grandes cuestiones del siglo XX.
La experiencia del antifascismo fue determinante en la definición de su posición artística. En los años anteriores a la guerra y durante el conflicto, Guttuso rechazó la idea de un arte separado de la tragedia contemporánea. El asesinato de Federico García Lorca, la guerra, las persecuciones y, posteriormente, la ocupación nazi entraron directa o indirectamente en su investigación.
En el ciclo de dibujos conocido posteriormente como Gott mit uns (1944), realizado durante los años de la guerra, la violencia histórica se aborda mediante un trazo esencial y dramático. La figura humana permanece siempre reconocible precisamente porque debe ser portadora de una experiencia concreta: el cuerpo se convierte en el lugar donde la historia deja sus consecuencias.
La posición de Guttuso en el debate artístico de la posguerra estuvo a menudo en el centro de la oposición entre figuración y abstracción. Sin embargo, considerar su realismo como un rechazo de la modernidad sería reductivo. El pintor conocía profundamente las experimentaciones de las vanguardias y empleaba descomposiciones espaciales, deformaciones expresionistas e intensificaciones cromáticas derivadas de su confrontación con el arte europeo.
Su elección consistió, más bien, en no romper el vínculo entre estos recursos y la realidad. La modernidad del lenguaje debía continuar confrontándose con el ser humano, los objetos, la sociedad y la historia.
Con el paso de las décadas, la pintura de Guttuso amplía progresivamente su campo de investigación. A la narración de carácter más directamente social se suman imágenes vinculadas a la memoria, al erotismo, a la experiencia urbana y al diálogo con la tradición. Obras como I funerali di Togliatti (1972), La Vucciria y Caffè Greco (1976), aunque muy diferentes entre sí, muestran esta capacidad de pasar de la historia colectiva al escenario de la vida cotidiana sin renunciar a un lenguaje inmediatamente reconocible.
La prolongada fidelidad de Guttuso a la figuración no coincide, por tanto, con la permanencia dentro de una fórmula inmutable. Desde el clima expresionista de los años treinta hasta la etapa neocubista, desde el realismo social hasta las composiciones más libres y alegóricas de su madurez, su obra registra continuas transformaciones. Lo que permanece constante es la convicción de que la pintura debe conservar una relación directa con la experiencia.
La exposición ofrece, ante todo, la oportunidad de recorrer más de cincuenta años de investigación artística a través de un itinerario suficientemente articulado como para superar la identificación de Guttuso con unas pocas imágenes célebres. La presencia conjunta de pinturas, dibujos y grabados permite comprender el proceso mediante el cual un tema es estudiado, transformado y, en ocasiones, retomado a través de técnicas diferentes.
La organización en cinco núcleos permite además relacionar obras cronológicamente distantes. El visitante puede observar así cómo determinados temas, el retrato, Sicilia, los objetos, el trabajo, el cuerpo femenino, reaparecen a lo largo del tiempo adquiriendo significados diferentes. Se configura de este modo una lectura transversal que no sustituye la biografía del artista, sino que la hace perceptible a través de la persistencia y la transformación de las imágenes.
La presencia de las obras gráficas resulta especialmente significativa. El dibujo desempeñó, de hecho, un papel central en el trabajo de Guttuso: no representaba únicamente una fase preparatoria, sino también un instrumento autónomo de análisis. La línea define la estructura de los cuerpos, organiza la escena y permite al artista verificar con rapidez relaciones y tensiones que en la pintura son posteriormente confiadas también al color.
Los grabados muestran, por su parte, cómo un mismo repertorio iconográfico podía trasladarse a un lenguaje diferente, basado en el contraste, la síntesis del trazo y la posibilidad de multiplicar la imagen. La comparación entre estudio, obra pictórica y traducción gráfica permite comprender mejor la continuidad del proceso creativo.
Acercarse a la obra de Guttuso significa también enfrentarse a algunas cuestiones centrales del arte italiano del siglo XX: la relación entre figuración y vanguardia, la función social del artista, la recepción del cubismo, el problema del realismo, la herencia de la pintura europea y la confrontación entre experiencia individual e historia colectiva.
La exposición permite abordar estos temas sin separar la investigación formal de la dimensión biográfica. Sicilia, Roma, la política, los afectos, la memoria y la sensualidad no constituyen capítulos independientes: se entrelazan continuamente, componiendo la compleja identidad de un artista para quien pintar significaba interpretar su propio tiempo a través de la concreción de las imágenes.
En un siglo marcado por la progresiva desmaterialización de la obra y por la afirmación de la abstracción y de las prácticas conceptuales, Guttuso permaneció ligado a la materia de la pintura y a la presencia del cuerpo. Esta elección adquiere especial evidencia en las secciones dedicadas a las naturalezas muertas y a lo femenino, donde objetos y figuras poseen una consistencia casi táctil.
Es quizá precisamente en esta persistencia de la mirada donde la exposición identifica el “alma mediterránea” evocada por el título: no como una categoría folclórica, sino como una manera de entender la pintura como experiencia física, histórica y sensorial. El Mediterráneo se convierte así en la matriz a través de la cual Guttuso observa el mundo, desde la memoria de Sicilia hasta las tensiones de la sociedad contemporánea, manteniendo en el centro la figura, el color y la irreductible concreción de las cosas.
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