25 febrero - 25 mayo 2026
Esta es la primera gran retrospectiva italiana dedicada a una de las voces más libres y rigurosas del siglo XX. A través de la fotografía, el cine y las instalaciones, la exposición explora la profunda conexión entre los lugares, la memoria y la mirada crítica, estableciendo un diálogo entre la experiencia parisina y la especial relación de la artista con Italia.
Villa Medici – Academia Francesa, Viale della Trinità dei Monti, 1
La exposición Agnès Varda. Aquí y allá, entre París y Roma se configura como un recorrido crítico y sensible por la obra de una autora que supo moverse con absoluta libertad entre lenguajes, disciplinas y geografías. La muestra no se limita a una reconstrucción cronológica de su producción, sino que propone una lectura por núcleos temáticos, capaz de restituir la coherencia profunda de un itinerario artístico marcado por la atención a lo real, el compromiso cívico y una reflexión constante sobre la memoria.
Entre cine, fotografía, instalaciones y materiales de archivo, el proyecto curatorial pone de relieve el diálogo entre París y Roma como lugares simbólicos y afectivos, espacios de formación y de retorno, en los que la mirada de Varda se ha ido definiendo progresivamente como una de las más radicales y comprometidas de nuestro tiempo. El resultado es un retrato complejo, capaz de devolver la coherencia profunda de una obra fundada en la atención a lo humano, en la responsabilidad de la mirada y en una interrogación constante de lo real.
El título de la exposición, Aquí y allá, evoca una condición de movimiento continuo, de tránsito físico y mental que caracteriza toda la obra de Agnès Varda. No se trata únicamente de un desplazamiento geográfico entre París y Roma, sino de una postura de la mirada: estar simultáneamente dentro y fuera de las cosas, observar el mundo con participación y distancia crítica. La exposición asume esta tensión como clave interpretativa, articulando el recorrido en torno a la relación entre lugar, experiencia y representación.
París representa para Varda el lugar de la formación artística y de la afirmación autoral, mientras que Roma emerge como un espacio de confrontación, de resonancia cultural y de observación del otro. La exposición restituye este diálogo a través de fotografías, filmaciones y apuntes visuales que muestran cómo las ciudades se convierten en auténticos dispositivos narrativos, capaces de influir en la estructura misma de las obras. No son lugares de postal, sino contextos vivos, atravesados por cuerpos, historias marginales y huellas de memoria.
En la obra de Varda, la ciudad nunca es un simple telón de fondo. Es un organismo palpitante, atravesado por relaciones sociales, tensiones políticas y microhistorias individuales. La exposición pone de relieve cómo el espacio urbano se convierte en una herramienta para interrogar el presente, revelando las estratificaciones de la experiencia vivida y las transformaciones del tiempo.
El recorrido expositivo se desarrolla en los espacios según una estructura fluida, que acompaña al visitante a través de una secuencia de ámbitos temáticos. El montaje privilegia un diálogo directo entre las obras y el espacio, evitando soluciones espectaculares en favor de una experiencia recogida y reflexiva.
Fotografías históricas, fragmentos cinematográficos, instalaciones y materiales de archivo componen un corpus heterogéneo pero coherente. El visitante es invitado a reconstruir el proceso creativo de Varda, siguiendo las huellas de un pensamiento visual que se desarrolla por asociaciones, retornos y variaciones.
Uno de los aspectos más significativos del recorrido es la atención al tiempo: tiempo biográfico, tiempo histórico, tiempo de la memoria. Las obras dialogan entre sí creando cortocircuitos temporales que invitan a reflexionar sobre la persistencia de las imágenes y su capacidad para interrogar el presente.
Llegada a París en 1943, Agnès Varda emprende un itinerario formativo que marca de manera decisiva su identidad artística. Asiste a la École du Louvre y elige la fotografía como primer lenguaje expresivo, atraída por la posibilidad de conjugar práctica manual y reflexión intelectual. Durante estos años comparte un apartamento cerca de Pigalle con otras jóvenes: sus compañeras se convierten en los sujetos privilegiados de sus primeros retratos, mientras que las orillas del Sena se imponen como uno de sus primeros paisajes urbanos.
Ya en esta fase inicial emerge un estilo reconocible, caracterizado por una sutil cualidad enigmática, en ocasiones teñida de sugestiones surrealistas. La fotografía no es para Varda un mero instrumento de registro, sino un medio para interrogar la relación entre quien mira y quien es mirado. Se perfila así una poética de la mirada que acompañará toda su obra posterior.
En 1951 Agnès Varda se instala en el número 86 de la rue Daguerre, un lugar destinado a convertirse en el centro simbólico y operativo de su vida creativa. Reconvierta dos antiguos comercios, separados por un patio-pasaje, en taller, estudio y laboratorio. Este espacio, a la vez vivienda y lugar de trabajo, se convierte también en un entorno de convivencia, habitado por la escultora Valentine Schlegel y por una familia de refugiados españoles.
El patio de la rue Daguerre no es solo un decorado, sino un auténtico dispositivo creativo. Allí Varda organiza su primera exposición fotográfica en 1954 y realiza sus primeras películas. El espacio doméstico se transforma en un lugar de experimentación, donde las fronteras entre vida privada y práctica artística se vuelven porosas, anticipando un método de trabajo que se volverá central en su obra.
En los años cincuenta, Varda se convierte en fotógrafa oficial del Théâtre national populaire dirigido por Jean Vilar y del Festival de Aviñón. Esta experiencia le permite entrar en contacto con el mundo teatral y artístico parisino, ampliando su campo de acción y afinando su lenguaje visual.
Sus imágenes inmortalizan figuras centrales de la cultura de la época: Alexander Calder, Brassaï, Suzanne Flon, Giulietta Masina, Federico Fellini. En los retratos, Varda combina ironía y ambigüedad, llegando en ocasiones a una dimensión más oscura. Progresivamente se afirma como una voz singular del panorama intelectual de la posguerra, capaz de restituir la complejidad de una época en transformación.
Paralelamente al reportaje, Agnès Varda desarrolla una práctica fotográfica que revela un enfoque ya profundamente cinematográfico. Sus imágenes no se limitan a registrar lo real, sino que a menudo están escenificadas con plena conciencia narrativa.
Como lo haría una directora, Varda construye las situaciones, dirige a sus modelos y explora el potencial narrativo de la imagen fija. Una niña disfrazada de ángel o jóvenes actores que imitan comportamientos amorosos se convierten en elementos de una “foto-escritura” en la que fotografía y cine dialogan de forma continua.
La relación entre individuo y espacio urbano encuentra una de sus expresiones más logradas en Cléo de 5 à 7 (1961), donde París se convierte en espejo de los estados de ánimo de la protagonista, suspendida entre la espera y el miedo. La ciudad se transforma en un organismo sensible, capaz de reflejar las tensiones interiores y sociales.
En 1967, Varda vuelve a filmar París en resonancia con la angustia de una joven madre marcada por la guerra de Vietnam. Cercana a los cineastas de la Nouvelle Vague, pero siempre autónoma, inscribe su mirada urbana en un diálogo constante entre la esfera íntima y la dimensión política, anticipando temas que se volverán centrales en el cine contemporáneo.
Uno de los núcleos fundamentales de la exposición está dedicado a la mirada de Varda sobre las mujeres y, más ampliamente, sobre lo humano. En sus fotografías y en sus películas, la autora interroga los modos de representación femenina, rechazando estereotipos y simplificaciones.
En L’une chante, l’autre pas toma posición a favor de los derechos de las mujeres y de la contracepción, mientras que ya en los años cincuenta saca a la luz a la población empobrecida del mercado de la rue Mouffetard en L’Opéra-Mouffe. En Daguerréotypes (1975) se centra en los comerciantes de su calle, definidos por ella como la “mayoría silenciosa”, restituyendo gestos y rostros con una sinceridad poética.
Hasta mediados de los años sesenta, el patio de la rue Daguerre se convierte en escenario de retratos de jóvenes actrices y actores, entre ellos Delphine Seyrig y Gérard Depardieu. Con el tiempo, este espacio se transforma simbólicamente en un patio-jardín, lugar de memoria y de autorrepresentación.
En obras como Les Plages d’Agnès (2008), el patio se extiende idealmente hasta la calle y se convierte en el punto de partida de un relato autobiográfico en el que Varda se pone en escena, reflexionando sobre su trayectoria y sobre el sentido mismo de crear imágenes.
El París de Varda nunca es el de los clichés. Su mirada se posa sobre lo que pasa desapercibido, sobre los lugares familiares, el barrio y las orillas del Sena. Los materiales presentados en la exposición revelan una cámara que atraviesa el espacio urbano con curiosidad y rigor.
Ficción, documental, publicidad, largometrajes y cortometrajes conviven en un corpus heterogéneo, en el que cada forma se convierte en una ocasión para interrogar la relación entre imagen y realidad.
Un núcleo específico de la exposición está dedicado a la relación de Agnès Varda con Italia. En 1959, durante un viaje a Venecia y sus alrededores, fotografía escenas de la vida cotidiana, captando motivos recurrentes como la ropa tendida en las ventanas y los juegos de luces y sombras.
En 1963, enviada a Roma para fotografiar a Luchino Visconti, visita a Jean-Luc Godard en el rodaje de El desprecio y aprovecha la ocasión para retratar a reconocidas estrellas del cine como Brigitte Bardot, Jack Palance y Michel Piccoli. Esta estancia romana consolida un diálogo profundo con el cine italiano y encuentra hoy, en Villa Medici, una resonancia natural.
Visitar Agnès Varda. Aquí y allá, entre París y Roma significa confrontarse con una obra que ha sabido renovar profundamente el lenguaje visual contemporáneo. La exposición ofrece la oportunidad de comprender cómo el arte puede ser al mismo tiempo riguroso y accesible, político y poético, íntimo y universal.
En una época marcada por las especializaciones y compartimentaciones disciplinarias, el recorrido de Varda se revela de una actualidad extraordinaria. Su capacidad para atravesar lenguajes sin perder nunca la coherencia constituye una lección de libertad y rigor, fundamental para comprender las transformaciones del arte contemporáneo.
La exposición no propone respuestas definitivas, sino que suscita preguntas. Invita al visitante a desacelerar, observar e interrogarse sobre su propia manera de mirar el mundo. En este sentido, Villa Medici se convierte no solo en sede expositiva, sino en un espacio crítico, lugar de confrontación entre pasado y presente, entre memoria individual e historia colectiva.
La sección parisina de la exposición está comisariada por Anne de Mondenard, conservadora general del patrimonio y responsable del Departamento de Fotografía e Imágenes Digitales del Museo Carnavalet – Histoire de Paris. Su trabajo se distingue por la atención al vínculo entre Varda y la ciudad, leído a través de una perspectiva histórica y visual de gran rigor.
La sección italiana está comisariada por Carole Sandrin, conservadora responsable de los fondos fotográficos del Institut pour la photographie de Lille. Su contribución pone de relieve la dimensión transnacional de la obra de Varda y el papel central de Italia en su imaginario visual.
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