Una estación de metro concebida como museo: un dispositivo complejo llamado a integrar la comunicación arqueológica con las lógicas del tránsito urbano, entre flujos continuos, tiempos reducidos y comportamientos no orientados a la detención.
La estación Colosseo – Fori Imperiali, inaugurada el 16 de diciembre de 2025, nace de esta ambición. Es precisamente en el intento de mantener juntas estas instancias —infraestructura y relato, circulación e interpretación— donde emergen las principales cuestiones críticas del proyecto.
La apertura de la estación Colosseo – Fori Imperiali estuvo acompañada por una cobertura mediática amplia y sustancialmente unívoca, caracterizada por tonos marcadamente celebratorios. Periódicos, reportajes televisivos y comunicación institucional presentaron la intervención como un acontecimiento de alcance histórico, capaz de redefinir la relación entre infraestructura contemporánea y patrimonio arqueológico.
Esta narrativa tuvo el mérito de devolver la atención pública a una obra esperada durante décadas y realizada en condiciones proyectuales complejas. Al mismo tiempo, sin embargo, contribuyó a simplificar un proyecto que requeriría una lectura más articulada, comprimiendo objetivos, decisiones y criticidades en un relato fuertemente simbólico.
En un contexto como el de los Foros Imperiales, donde cada intervención contemporánea se confronta con una estratificación histórica de excepcional densidad, esta simplificación corre el riesgo de desplazar el debate desde la calidad de la experiencia espacial y museológica hacia la celebración de la excepcionalidad de la obra en cuanto tal.
La expresión recurrente con la que la estación ha sido descrita, “la metro más bella del mundo”, introduce una valoración estética absoluta que difícilmente se presta a un análisis crítico. Se trata de una fórmula eficaz desde el punto de vista comunicativo, pero problemática si se aplica a una obra que no puede evaluarse prescindiendo del contexto en el que se inserta.
En el corazón de los Foros Imperiales, la percepción de la arquitectura está inevitablemente influida por la fuerza simbólica del paisaje arqueológico: el Coliseo, el Palatino y las emergencias monumentales circundantes amplifican cualquier intervención contemporánea, haciendo difícil distinguir la calidad intrínseca del proyecto de la extraordinaria carga histórica del lugar.
El riesgo es el de superponer dos planos distintos:
Una superposición de este tipo no favorece una evaluación consciente de la intervención, ni permite interrogarse serenamente sobre sus límites sin que ello sea percibido como una puesta en cuestión de la obra en su conjunto. Una narrativa menos hiperbólica habría permitido probablemente afrontar el proyecto por lo que es: un intento ambicioso de integrar infraestructura, arqueología y comunicación cultural en uno de los contextos más complejos de la ciudad.
Durante nuestra visita identificamos dos áreas principales de criticidad en el dispositivo museológico: la elección narrativa y la experiencia expositiva.
Integrar contenidos arqueológicos en el interior de una estación de metro representa uno de los desafíos más estimulantes de la museología contemporánea aplicada al espacio público. El caso de la estación Colosseo – Fori Imperiali no pone en discusión el principio de la integración, sino su traducción narrativa y cultural dentro de una infraestructura que opera en el corazón de uno de los contextos arqueológicos más complejos de la ciudad.
El proyecto manifiesta una clara ambición cultural: transformar el descenso al subsuelo en una experiencia de atravesamiento de la historia, haciendo dialogar el movimiento vertical de la metropolitana con la estratificación arqueológica del lugar. Esta ambición se concreta en un planteamiento museológico coherente, que asume el tema del “pozo” como clave conceptual de todo el recorrido.
La referencia al pozo proporciona un hilo conductor claro e inmediatamente reconocible, capaz de organizar los hallazgos y los dispositivos expositivos en torno a la idea del descenso, de la estratificación y de la relación entre superficie y subsuelo. En este sentido, la narrativa es unitaria y legible a lo largo de todo el recorrido, aun dentro de su fragmentación física.
El tema no resulta, por tanto, oscuro ni difícil de comprender. Al contrario, se trata de una elección conceptualmente sólida, que podría haber constituido una base eficaz para un relato arqueológico más amplio. La criticidad emerge más bien en el perímetro mismo del relato, que tiende a permanecer concentrado en el evento de la excavación y en las modalidades de su descubrimiento.
El pozo, tal como se presenta, relata ante todo su propia aparición: su emergencia durante las investigaciones arqueológicas, su restitución material, el momento del hallazgo tal como se manifestó ante los ojos de los arqueólogos. Este enfoque, explícitamente reivindicado también en el ámbito institucional, restituye con eficacia el punto de vista de la excavación, pero corre el riesgo de asumir un carácter autorreferencial, más orientado a la celebración del proceso de hallazgo que a la construcción de un relato compartido sobre el lugar.
Desde esta perspectiva, el tema del pozo funciona como narrativa interna al yacimiento arqueológico, pero tiene dificultades para transformarse en un instrumento de mediación hacia el exterior. El pasajero es introducido en una historia que habla del subsuelo investigado, pero no en una historia que lo prepare para comprender el paisaje arqueológico que encontrará al emerger a la superficie.
El resultado es un desfase significativo entre el relato subterráneo y el sistema arqueológico externo a la metropolitana. Los 28 pozos republicanos, datables entre los siglos V y II a.C. y hallados bajo la Velia y en las laderas del monte Oppio, asumen un papel central en el montaje expositivo, pero su relación con los Foros Imperiales, el Coliseo y el Palatino permanece implícita, confiada a la competencia previa del visitante más que a una construcción narrativa explícita.
En este sentido, la elección temática aparece poco coherente con el contexto inmediatamente superior. No porque el pozo sea un elemento secundario o marginal, sino porque su relato no se pone en relación directa con el sistema monumental que define la identidad del lugar.
La cuestión se aclara aún más si se observa la experiencia expositiva en su conjunto. Desde el punto de vista infraestructural, la ubicación de los espacios expositivos en áreas laterales, en corredores de gran sección o en ambientes específicamente dedicados no interfiere de manera significativa con el flujo principal de los pasajeros. La detención requerida por la fruición arqueológica no genera congestiones ni compromete el funcionamiento de la estación.
La problemática se sitúa, más bien, en el plano experiencial. La fruición tiene lugar con frecuencia en espacios que permanecen ajenos al recorrido natural del tránsito, transformando el encuentro con la arqueología en un episodio separado, percibido como opcional. Este carácter de separación resulta particularmente evidente en los casos en que el montaje invita a entrar en ambientes cerrados o en corredores sin salidas alternativas, obligando al visitante a interrumpir su desplazamiento y a volver sobre sus propios pasos.
En estos casos, la museología no entra en conflicto con la infraestructura, sino con la lógica del tránsito: la experiencia cultural exige una elección intencional que aísla el relato del flujo cotidiano, haciendo que la exposición resulte menos integrada de lo que la ambición proyectual sugeriría.
En la comparación con otros modelos de integración entre arqueología e infraestructura, la estación Colosseo – Fori Imperiali se sitúa en una posición intermedia. La arqueología está integrada en el espacio de la metropolitana, pero su fruición no coincide siempre con el recorrido natural del pasajero. Esta ambigüedad no deriva de una ausencia de proyecto, sino de la dificultad de hacer coherentes, dentro de un mismo espacio, atravesamiento, detención e interpretación.
La percepción global es la de una musealización construida por adiciones sucesivas, en la que los distintos dispositivos expositivos funcionan correctamente desde el punto de vista formal, pero tienen dificultades para componerse en una experiencia continua y progresiva, capaz de acompañar al visitante a lo largo de todo el recorrido.
Sobre este aspecto, resulta útil y esclarecedor considerar el planteamiento expositivo de la estación de San Giovanni, también perteneciente a la línea C. En ese caso, la musealización fue concebida como una narración estratigráfica continua, legible durante el movimiento e integrada en los recorridos obligatorios.
Los hallazgos colocados en el centro de los corredores desempeñan una doble función: expositiva y reguladora de los flujos. Las gráficas a lo largo de las escaleras mecánicas acompañan al pasajero en un recorrido cronológico que no requiere detenciones ni desvíos, sino que se ofrece como una experiencia progresiva e intuitiva.
Esta comparación no pretende establecer jerarquías de valor, sino poner de relieve dos enfoques profundamente distintos: por un lado, una museología integrada en el movimiento; por otro, una museología que introduce puntos de fricción entre exposición y tránsito.
Otro ejemplo de excelencia que merece ser citado es la estación de metro de Syntagma, en Atenas, que representa uno de los casos más logrados de integración arqueológica en el ámbito metropolitano. Los hallazgos descubiertos durante las excavaciones se exponen a lo largo de los recorridos obligatorios, mediante vitrinas continuas y paramentos acristalados que acompañan el movimiento sin requerir desvíos, detenciones forzadas o elecciones intencionales por parte del pasajero.
En este modelo, la arqueología se convierte en parte del paisaje atravesado: la fruición tiene lugar durante el tránsito, y la narración se confía a la continuidad visual, a la claridad expositiva y a la simplicidad de la información. El resultado es una musealización plenamente compatible con la naturaleza de la infraestructura, en la que el relato histórico no interrumpe el flujo, sino que lo acompaña.
Las principales criticidades del dispositivo expositivo de la estación Colosseo – Fori Imperiali no se refieren a la calidad de los montajes individuales ni al valor de los hallazgos presentados, sino al modo en que la experiencia museológica se articula dentro del espacio de la estación. En particular, emergen dos cuestiones estrechamente relacionadas: la fragmentación del relato y el aislamiento de algunos dispositivos expositivos respecto al recorrido natural del tránsito.
En el interior de la estación, los contenidos arqueológicos se distribuyen a lo largo de corredores, nodos de paso y ambientes dedicados, predominantemente en posiciones laterales. Desde el punto de vista infraestructural, esta elección resulta eficaz: los montajes no interfieren con los flujos principales y no comprometen el funcionamiento de la estación.
Desde el punto de vista museológico, sin embargo, esta distribución produce una fruición discontinua. Los hallazgos se presentan como episodios autónomos, difícilmente legibles como partes de una secuencia interpretativa progresiva. El tema del pozo ofrece un referente conceptual unitario, pero tiene dificultades para traducirse en un relato que acompañe al visitante a lo largo de todo el recorrido.
En ausencia de una jerarquía narrativa claramente perceptible, la arqueología es recibida como una suma de presencias más que como una construcción de sentido. Para el pasajero que atraviesa la estación sin una intención explícita de visita, el relato permanece a menudo en segundo plano, confiado a la sugestión del objeto arqueológico más que a una lectura estructurada.
Un segundo elemento crítico concierne al aislamiento de algunos espacios expositivos respecto al recorrido ordinario de la metropolitana. En varios puntos, la fruición arqueológica requiere una elección intencional: entrar en ambientes cerrados, desviarse del recorrido principal, interrumpir el movimiento y, en un caso particular, regresar sobre los propios pasos.
Este planteamiento no genera problemas infraestructurales, pero incide de manera significativa en la experiencia global. La arqueología es percibida como un episodio separado, opcional, que no se integra de forma natural en el flujo cotidiano del tránsito. En este sentido, la integración entre museo y metropolitana permanece incompleta.
Si la intención era aislar la experiencia museológica, una solución más coherente habría sido la adoptada en el modelo de la metro de Yenikapı, en Estambul, donde la arqueología se sitúa en espacios museísticos autónomos, claramente diferenciados de la infraestructura de transporte. En ese caso, la separación es explícita y funcional: el visitante sabe cuándo entra en un museo y cuándo utiliza la metropolitana.
La gran sala acristalada que se abre hacia la Via dei Fori Imperiali constituye un caso emblemático de esta ambigüedad. Desde el punto de vista arquitectónico, el espacio presenta una elevada calidad: en el centro del ambiente se disponen los restos de una estructura de época romana, probablemente una domus, valorizados mediante una iluminación rasante que define con precisión su perímetro murario.
La decisión de situar el hallazgo en el centro de la sala produce un efecto de fuerte legibilidad formal, mientras que la gran superficie acristalada garantiza una continuidad visual eficaz entre interior y exterior. Sin embargo, la sala no es atravesada por los flujos metropolitanos: para acceder a ella es necesario salir de la estación y rodear el área de las escaleras mecánicas.
De ello se deriva una condición híbrida. La visibilidad es elevada, pero la continuidad narrativa con la experiencia de la metropolitana resulta débil. El espacio no asume plenamente ni el estatuto de museo autónomo ni el de parte integrante del recorrido de tránsito. La presencia de un área destinada a tienda y de amplias superficies deliberadamente neutras refuerza la percepción de un ambiente de representación, estéticamente controlado pero narrativamente poco definido.
Una criticidad más marcada se concentra en el corredor expositivo situado en las proximidades de los tornos, configurado como un espacio sin salidas alternativas. Para observar los contenidos expuestos, el visitante es invitado a entrar en un ambiente que no conduce a ningún otro punto, haciendo necesaria la inversión del recorrido.
Este dispositivo acentúa la separación de la experiencia museológica respecto al tránsito ordinario. La fruición adopta los rasgos de un episodio cerrado e intencional, que requiere tiempo, detención y una atención concentrada. Durante nuestra visita, esta configuración generó situaciones de acumulación y congestión, poniendo de relieve las criticidades de un espacio expositivo que no absorbe naturalmente los flujos, sino que los interrumpe.
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En la comparación entre el modelo museístico autónomo —como el de la metro de Yenikapı, en Estambul— y el modelo integrado y funcional —representado de forma ejemplar por la estación de Syntagma, en Atenas— la estación Colosseo – Fori Imperiali se sitúa en una posición intermedia. La arqueología está presente, valorizada y ampliamente visible, pero su fruición oscila entre integración y separación, sin adherirse plenamente a ninguna de las dos lógicas.
En un contexto como el de los Foros Imperiales, esta ambigüedad adquiere un peso particular. Para una parte significativa de los visitantes, la estación constituye el primer punto de contacto con el área arqueológica central de Roma. El pasajero que emerge aquí se encuentra de manera abrupta inmerso en uno de los paisajes históricos más complejos del mundo, a menudo sin instrumentos inmediatos para orientarse entre épocas, funciones y transformaciones.
Desde este punto de vista, la estación habría podido asumir con mayor determinación el papel de umbral cultural: no tanto como espacio expositivo autónomo, sino como lugar de preparación a la lectura del paisaje arqueológico en superficie. Un relato más claramente orientado hacia los Foros Imperiales, el Palatino y el Coliseo —apoyado en cartografías históricas, secciones estratigráficas simplificadas y claves espaciales de interpretación— habría hecho la experiencia más accesible y comprensible para el público en tránsito.
La estación Colosseo – Fori Imperiali sigue siendo una obra ambiciosa, de elevada calidad arquitectónica y notable complejidad proyectual. Las criticidades aquí señaladas no ponen en cuestión su valor, sino que invitan a una reflexión más amplia sobre cómo comunicar la arqueología en el espacio del tránsito cotidiano, sin renunciar ni a la profundidad del relato ni a la naturaleza infraestructural del lugar.
En definitiva, más que un museo subterráneo adicional, el contexto de los Foros Imperiales requiere dispositivos capaces de orientar la mirada. Es en esta capacidad de mediación —entre pasado y presente, entre movimiento y comprensión— donde se juega la responsabilidad cultural de una estación situada en el corazón mismo de la historia de Roma.
ArcheoRoma nace precisamente con este objetivo: promover una lectura consciente de la arqueología y de la historia de la arquitectura mediante instrumentos de interpretación rigurosos pero accesibles. En este sentido, la reflexión sobre la estación Colosseo – Fori Imperiali no constituye una crítica a la obra, sino una invitación a clarificar qué modelo de comunicación cultural se pretende adoptar cuando la infraestructura contemporánea se inserta en el punto más delicado del palimpsesto urbano romano.
Estación y museo: el nodo no resuelto del metro Colosseo – Fori Imperiali: recensioni e commenti
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